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domingo, 23 de diciembre de 2007

El cartel de mi caminito

















Salgo a caminar, con dinamita en el bolsillo y mil suspiros en las manos, gastando suelas, ahorrando en peajes por el barrio. Con lo fresco de la memoria y lo pesado del verano, el olor a cualquier paraíso es el edén de cualquiera, se mezcla con la amargura y la lengua que no duerme en mi boca. Saltando líneas, escuchando lo que los carteles tienen hoy para ofrecerme, destinos, una maquina de afeitar y un café que te hace feliz. La gente estúpida como estupida camina, siguiendo el ritmo que marca el semáforo. No me pierdo más que en aquellos tiempos, en que vivía muerto en un frasco de acero inoxidable, solo retrocedo para ver mejor el escalón.
Me dieron las piernas, un cerebro y un corazón, pero nadie me dijo como combinarlos sin que estallen por los aires, y menos que comprar con los ahorros de su bajo consumo. Se me descubren todos los enigmas, se me resuelven todos los crucigramas y sumo puntos al poker, con la entereza de saberme vivo una noche más.

Los lunes no llegan nunca, el domingo a la tarde es la extensión a una larga caminata, una subida infinita, desde el río hasta el mar de las avenidas, de calles grises, de casas calladas.
Siempre está el amigo que gatilla su encendedor, que te prende un fuego en el pecho, que te parte en su silencio, mirando como sus pies se piden permiso en su perdición. Inclina el cuerpo para hacer más fácil la tarea, de dejarse caer, por no poder ver. Con destino equivocado, mas alejado que esquivo, mas tras de mi que en mi, y sin cuentas la suma me da negativa, el resto que quedó me lo olvidé en la otra esquina.

De abajo a arriba solo queda mi cuerpo, una entrada al aire que respiro, una escalera de incendio para mi memoria, un sube y baja de plaza constitución, de esos que ya nadie se sienta. En aburrimiento eterno, en sacrificio de no hacer, de dejar estar el agua en su vaso, a que aquiete, a que caiga el sedimento. Vamos, nacé, cruzalo que te pasa, rompe el hielito de tu capa de invierno y salí en cortos a correr, si no caes nunca te podrás levantar, quedarás caminando seguro, por no querer llegar.

No resumo en palabras sentimientos, es el primer pecado de algunos dioses, me acomodo en el sofá donde me proyectan la historia, yo lo interpreto, yo la cambio. Soy lo que quiero ser, con el cartucho húmedo, con el pecho inflado, quiero ser lo que quiera ser.

Hasta cuando te cae el mas pesado cachetazo de la realidad, ese que te marca los dedos y te roza los ojos con las uñas. Te despierta tan de golpe que todavía no logras entender donde dormiste la noche anterior. No te da por llorar, porque no sabrías porque, no hay motivo para que una mañana, pasada aquella noche, queden aun motivos para llorar. ¿Pero quien te regala una sonrisa cuando el sol molesta mas de lo que alegra? Acá son todos mártires de sus defectos, héroes de sus conquistas bañadas en alcohol. Quisiera encontrar tan solo uno, cruzarme en alguna bocacalle con algún espíritu parecido al mio, sin conformismos y mil preguntas por debatir. Una juventud avejentada, oxidada de preocupaciones estúpidas y reproches más insensatos que los planteos de los monjes. Quisiera cruzarlo para enseñarle, para aconsejarlo, porque mientras uno se ahoga es fácil aconsejar al que vive, que debería hacer y dejar de hacer, maldecir lo obvio.

En cada paso, en cada corrida y en cada descanso encuentro el motivo, el motor encendido de mi Fiat 94, anclado en el cordón, esperando que lo desinfle con la mirada. Porque quiero decir, y mirar como lo digo, porque mi mirada no se que quiere decir, si esconde un poco lo que adentro revuelve, si mis ojos son la ventana de mi alma se verá tu reflejo.

Estoy marcado por la nostalgia y la melancolía, soy una especie de andaluz renovado, un adolescente eterno, en un cuerpo prestado, al que no logro entender.

Y mueren las avenidas en los cuarteles de los policías, simulacros de autoridad, de disciplina quebrantada, que me marcan que llegó la hora de retomar el camino de vuelta, llegué a la capital.

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