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viernes, 9 de mayo de 2008

Carta anónima

Encontré un caramelo en mi mesa de noche, pelado, pero sin masticar. Al lado había un sobre cerrado, de papel madera, casi diría de madera de papel. Lo abrí, porque sin importar para quien era, los sobres tienen ese no se que, que te hace que no abrirlo sea una misión imposible. Encontré lo que imaginaba, una carta, un perfume y una firma sin adiós.

No la leí, porque no me gustó como empezaba, no decía mi nombre. Todo el resto era maravilloso, miles de cosas que extrañaba, anhelaba saber que alguien más en este mundo tenia un corazón soñador como el mío. No había reproches, no había dudas ni temblequeo en la letra, era como una especie de declaración inmaculada, de una precisión increíble y con una sutileza que la sacaba de la cursilería adolescente. En cada punto y aparte nacía un nuevo argumento, ideas tras ideas para explicar algo que solo con cerrar los ojos podía sentirse.

Repito que no la leí, porque ni el sobre ni la carta tenían mi nombre. Pero algo me llamó la atención, en su segundo párrafo, después de donde decía “… la plaza del barrio se convirtió en trinchera cuando la salida del colegio era un beneficio con pena…”, la letra cambió vertiginosamente de trazo. Se convirtió en resbaladiza, con más inclinación, como si el que escribía buscaba acelerar el paso, para que lo que fluía naturalmente no se frene en el manuscrito, con cierta ansiedad, obviando comas y acentos. De golpe todo se convirtió en un aluvión de sentimientos, por momentos confusos, por ratos tan claros que me hacia poner los pelos del brazo de punta. Me recorría un escalofrío por todo el cuerpo al imaginarme las cosas que ahí contaba, con soltura y velocidad. Quizás le aconsejaría al escritor que mejore su redacción, para que se entienda mejor la idea, pero también me pregunto si esas sensaciones las hubiese tenido con un método más cuadrado. Así salió, y así lo sentí yo, un éxito irrevocable para mí, del papel al corazón sin escalas.

Claro que yo no leí la carta. Pero sabía una y cada una de las cosas que ahí estaban puestas, eran ciertas, eran tangibles, se podían ver y nadie podría negarlas. Cosas de la vida, del día, de los meses y los años, un resumen a veces paranoico y otras tantas alentador. Desde un principio agobiante a un final inspirador, de lágrimas en los ojos, de las que te dan risa. Amé esa carta, tanto como cuando la escribí.

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